Por: Manuel Acuña-Asenjo
INDICE
2.7.La democratización. La ‘clase política’.
2.8.El partido dominante de masas. La alternancia.
3.La región ideológica del modo de producción capitalista.
3.1.La ideología del mercantilismo.
3.2.El imperio de la competencia.
3.3.El robustecimiento de la jerarquización social.
3.4.El auge del autoritarismo.
3.5.La extensión de la elección a todos los actos de la vida.
Conclusión: En el umbral de una nueva era.
2.7. La ‘democratización’ del planeta. La ‘clase’ política.
En el plano político, la nueva fase de expansión del SKM se presenta bajo la forma ‘democrática’. No debe sorprender que así suceda: Milton Friedmann, uno de los cerebros de la nueva forma de acumular, desde un principio sostuvo que su ‘modelo’ no puede operar en dictadura, forma de excepción que, bajo ciertas circunstancias, adoptan los gobiernos para funcionar dentro del estado capitalista. Se explica, de este modo, que las críticas más fuertes de un gobierno a otro se circunscriban, en esta nueva fase, a denunciar su presunta ‘falta de democracia’; el menoscabo de cualquiera de los principios que identifican a la moderna democracia es considerado como la comisión de una falta imperdonable. Por lo mismo, se explica así que cualquier invasión perpetrada por una nación (o varias) en contra de otra se justifique en nombre de la defensa de la democracia que, por ello, pasa a transformarse en un dogma sacrosanto: una nación, que desee tanto respetarse a sí misma como gozar del respeto de la comunidad internacional, debe presentar un gobierno originado en elecciones libres, periódicas y secretas, partidos políticos que se disputen las mayorías nacionales y parlamentos permanentemente renovados, aunque sea con los mismos personajes de antaño.
Pero no nos confundamos. La ‘democracia’ es un sistema de gobierno; presume una estructura social en donde coexisten personas que dirigen y personas que obedecen, personas que poseen dinero y pueden comprar los servicios de quienes no lo tienen que, a su vez, deben arrendarse a los primeros para acceder a aquel. Es la reafirmación de una forma de vida y, a la vez, de designar autoridades, un método que permite elegir, pero en ningún caso alterar la estructura de clases de la sociedad. La votación, o el hecho de generarse el gobierno en virtud de un acto eleccionario, en nada exime a éste de su carácter eminentemente representativo de la dicotomía estructural que existe entre gobernantes y gobernados; en otras palabras, de su carácter clasista. Jamás un gobierno podrá manifestarse en forma de la simple función social que es o debería ser; por el contrario, inserto en la cúspide de la pirámide jerárquica social como facultad privativa de las clases dominantes o de su representación política, es la manifestación más genuina de una sociedad irremediablemente escindida en clases. Por consiguiente, cuando algún líder ‘progresista’ expresa su aspiración a establecer ‘un gobierno del pueblo’ no está sino reafirmando que ese ‘pueblo’ necesita de un gobierno y que la separación entre gobernantes y gobernados es una verdadera y fatal necesidad social. Que, en determinadas circunstancias, se vean los sectores populares constreñidos a participar en justas electorales y a decidir a través del voto qué personas han de representarlos se debe, más bien, a principios de estrategia política que los obligan a actuar de esa manera y no de otra.
La democracia, además, debe corresponder al modelo exigido por el gobierno de turno que dirige al superpoder; la estructura internacional también es una estructura de clases a nivel internacional. No debe sorprender, tampoco, que el modelo a aplicar sea el mismo que rige al interior del superpoder; o una forma gubernamental que éste tolere.
La democracia es una forma de gobierno; su desempeño corresponde al ámbito de lo político. Es, a la vez, una disciplina; como tal, tiende a la especialización. El político es, pues, un especialista como muchos otros. Al practicar su disciplina, no sólo la adopta como modo de vida sino, además, como medio para procurarse ingresos con las consecuencias fáciles de suponer.
La generalidad de los autores sostiene que la política se ejerce en un campo, en un espacio social que acostumbran a denominar ‘escena política’. El político se desempeña dentro de dicho escenario; es un actor social. Y, por su adscripción a la estructura del sistema, pertenece a los estratos más altos de la pirámide jerárquica de la nación. Porque el político es un sujeto formado para ‘dirigir’ o ‘conducir’ al estado. En estricto rigor, el político representa a determinados sectores sociales; pero, al hacerlo, suplanta a ese representado transformándose a sí mismo en el verdadero protagonista de los hechos políticos. Por eso, no es raro que, en su morada o lugar de trabajo, se den cita los medios de comunicación (prensa oral, escrita o de imágenes); ni que lo eleven a la categoría de ‘personaje’. Tampoco es raro que, ante ello, su núcleo más cercano no se sienta tentado a imitarlo en el carácter de modelo; el político se reproduce en su descendencia, que puede ser tanto biológica como espiritual. Entonces, las condiciones están dadas para que, en torno a tales actores, se conformen verdaderas castas de dirigentes, grupos sociales estrechamente vinculados entre sí por lazos de parentesco o amistad que se avocan a la práctica de la política. Se trata de sectores sociales excluyentes y exclusivos, convencidos de haber sido elegidos, por inspiración divina, para desempeñar una misión que otros simples mortales no pueden cumplir. Autores, como Nicos Poulantzas, que se han preocupado de estos grupos, no los consideran ‘clase’ sino prefieren denominarlos ‘élites’. No obstante, la prensa y ciertos politólogos, poco cuidadosos en el empleo de conceptos, prefieren referirse a ellos bajo el genérico nombre de ‘clase política’. La organización de un grupo social, dedicado al ejercicio de la administración del estado y reproduciéndose constantemente a sí mismo, llamado por los medios de comunicación ‘clase política’, constituye, pues, otro de los rasgos característicos de la nueva fase a la que ingresa el SKM.
2.8. El partido dominante de masas. La alternancia.
La reproducción de una ‘élite’ política no sería posible sin la práctica política; ni ésta sin los partidos políticos. Pero, ¿es posible considerar a todos los partidos políticos en un mismo plano de igualdad? ¿Deben las autoridades tratarlos con idéntica condescendencia? ¿Son los partidos iguales en derechos? La teoría del juego enseña, precisamente, que las autoridades de una nación cumplen con mayor eficiencia su cometido si dentro de ella operan organizaciones sociales con numerosos afiliados, partidos poderosos o vastas alianzas políticas, pues eso les evita tener que entenderse con multitud de estructuras de escasa o nula significación. La tendencia que presenta la moderna sociedad capitalista es, exactamente, ir a la conformación de ese tipo de organizaciones. La política del ahorro, que se aplica en la región económica del modo de producción, también opera en el área jurídico/política. Partidos grandes, estructuras políticas de enorme envergadura invaden el campo social para hacerse cargo de las transformaciones impuestas por la nueva forma de acumular. Ocurre como si la concentración y centralización del capital condujese ineluctablemente hacia una mayor concentración y centralización del poder político. Los grandes movimientos sociales absorben a los pequeños. La política se convierte en un océano: el pez más grande devora al más chico. Con una diferencia: las ansias fagocitarias se realizan de acuerdo a la ley y al mercado. Los recursos estatales destinados a las organizaciones políticas se establecen en relación al número de afiliados, de representantes elegidos en los comicios, o de votos recibidos en cada elección. Pero, además, al imperar las leyes del mercado, al venderse los candidatos al electorado como si fuesen mercancías, la propaganda juega un rol selectivo, pues sólo permite que sean elegidos quienes deben serlo, es decir, aquellos que mantienen vínculos más estrechos con la supervivencia del sistema. En efecto. La propaganda es uno de los tantos negocios que permite existir a los medios de comunicación: los políticos, como cualquier mercancía, deben pagar por tener acceso a ella para que se realice aquel supuesto según el cual si la generalidad de las mercancías (en especial, los medicamentos) que se ofrecen al consumidor no se venden tanto por su calidad como por el poder de la empresa productora para introducirlos en el mercado, así también la calidad de los candidatos resulta irrelevante frente a su capacidad de realizarse como producto, luego de una exitosa campaña propagandística. Quien más propaganda desee emplear para ser electo, más dinero debe invertir. La participación del pobre en procesos eleccionarios nacionales se convierte en un mito más de la moderna democracia. ¿Necesitamos señalar aquí que el candidato electo jamás podrá ser el más adecuado para el fin propuesto, sino el que mejor logre venderse a un electorado ideologizado hasta la saciedad? Dentro del sistema capitalista no hay alternativa. De lo cual resulta casi natural que, a fin de evitar su propia extinción, los partidos pequeños comiencen a unirse con los grandes y a revisar sus principios para participar en una unión que, a la postre, les resulte más provechosa.
En la generalidad de los países, el modelo político imperante es el norteamericano: dos grandes partidos ─o dos grandes alianzas, que para el fin resulta lo mismo─ se disputan el gobierno de la nación. Compiten, se desacreditan mutuamente y desacreditan a sus personeros, formulan propuestas a veces distintas, a veces coincidentes, pero están de acuerdo en algo fundamental que es la permanencia del sistema: gane quien gane, el juego ha de mantenerse ad infinitum. El juego de la alternancia en el gobierno comienza; pero no se le denomina de esa manera: se emplea el nombre de ‘alternancia en el poder’, pues los medios de prensa consideran como ‘poder’ a la cúspide administrativa de la nación. Y aunque el ‘poder’ no es aquello, la prensa es formadora de cultura.
3. LA REGIÓN IDEOLÓGICA DEL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA.
3.1. La ideología del mercantilismo.
La incorporación a la región económica del MPK de una forma de acumular, basada en el libre juego de la ley de la oferta y la demanda, no sólo provoca profundas transformaciones dentro de esa área sino, además, al interior de las otras. Porque las formas de acumular no constituyen tan sólo ‘modelos económicos’, sino formas de vida; determinan la estructura del entramado jurídico/político y la cultura de la sociedad. El libre juego de la ley de la oferta y la demanda implica el triunfo del mercado por sobre cualquier otra forma de vida. Consecuencia inevitable de esta supremacía es que todos los actos realizados dentro de esa sociedad se trocan en mercantiles. Si regían, anteriormente, dentro de aquella principios que reconocían la existencia de la necesidad del ‘servicio público’, es decir, actividades que la sociedad estaba obligada a mantener por exigirlo así el bien común o, si se quiere, el convencimiento que asiste a determinados grupos sociales de considerar a ciertas actividades como no susceptibles de negocio o no generadores de ganancia, bajo la nueva forma de acumular dejan de ser tales: dichas actividades pasan a ser ‘unidades económicas’ y, en tal carácter, núcleos productores de ganancias.
El mercantilismo, la idea que toda actividad humana ha de producir ganancias, se extiende al conjunto social como un dogma: todo es susceptible de negocio porque todos pueden ganar, la utilidad es un don de la naturaleza. En algunas sociedades, ese convencimiento alcanza tal magnitud que, además de considerarse a la prostitución un oficio como cualquier otro, se incentiva la constitución de sindicatos entre quienes ejercen tal actividad. La venta tanto de niños como de sus órganos constituye una de las expresiones más elocuentes de los excesos a que puede llegar el mercantilismo.
La ideología del mercantilismo atraviesa verticalmente la sociedad capitalista en el umbral de su fase de expansión. Las naciones no son más que inmensos mercados en donde hasta los valores espirituales, como la libertad, la honra, la rectitud, son susceptibles de compraventa. El concepto de mercancía parece reinar en el espectro social.
3.2. El imperio de la competencia.
La mercantilización de la vida cotidiana acarrea como consecuencia inevitable el absoluto imperio de la competencia por sobre las cordiales formas de cooperación. El ejercicio libre y sin trabas de la ley de la oferta y la demanda al servicio del lucro exige una competencia febril en todos los ámbitos de la existencia; las condiciones de vida se extreman para facilitar la percepción de la ganancia, y la competencia se presenta en el carácter de ley natural ineludible. No parece necesario insistir aquí en el hecho simple que el ser humano, conminado a disputar a los demás los escasos bienes ofrecidos por el mercado, reemplaza el mecanismo de la cooperación por el de la competencia, llegando al extremo de emplear la violencia como forma excelsa de resolver las controversias.
En un sistema que privilegia la aplicación exhaustiva de la ley de la oferta y la demanda al servicio del lucro, la competencia se inculca al habitante de la nación desde pequeño, en los hogares, en los colegios y centros de estudios superiores, y en el ejercicio de la profesión. En los institutos armados, la competencia ha constituido parte importante de la enseñanza impartida tanto a la oficialidad como a la tropa. El adoctrinamiento competitivo se realiza en nombre de una presunta ley natural, dentro de una prédica más o menos similar a la que se emplea para definir de manera bastante general al ser humano como ‘un animal’, y justificar con ello sus arranques de agresividad.
No debe, pues, sorprender en este período la abundante aparición de sujetos altamente competitivos, deseosos de pregonar sus eventuales cualidades por sobre las no menos eventuales de los demás. La enseñanza superior y, por consiguiente, la especialización, han encontrado campo propicio para ese tipo de ‘intelectual patentado’ que mira con profundo desprecio a quien no exhibe su especialidad como trofeo. El mercantilismo ha penetrado con fuerza inusitada en los círculos académicos; consecuentemente, en el área jurídico/política del MPK. El político, sujeto competitivo por naturaleza, encuentra, de esa manera, otro punto de apoyo para ejercitar su calidad de tal.
3.3. El robustecimiento de la jerarquización social.
En una sociedad altamente competitiva el robustecimiento de la jerarquización social se hace casi inevitable. ¿Cómo reaccionar a la afirmación según la cual algo ‘es mejor que…’? La comparación, proceso mental en virtud del cual se aprecian las semejanzas y diferencias de los fenómenos entre sí, no se realiza sólo para esos efectos, sino para situarlos dentro de una escala de valores donde la apreciación que se hace de uno es superior o inferior a la del otro: se es más bello, rico, inteligente, capaz, apto, alto, que los demás; o se es menos. No hay términos medios: se trata, en definitiva, de enaltecer o denostar al prójimo. Una pirámide, una construcción ideológica conformada con seres humanos situados en diferentes peldaños sociales, establecida como forma de organización social, permite seleccionar a quienes pueden elevarse al rango superior; los que deciden esa ubicación son, precisamente, quienes se encuentran en ese rango superior. Aceptada una forma de organización jerárquica de tipo piramidal, la dominación no solamente encuentra campo propicio para desarrollarse sin trabas, sino es aceptada por el conjunto social como algo propio de la naturaleza del ser humano. Ayuda a la consagración de esa concepción jerárquica cierta interpretación un tanto antojadiza de lo que ha de entenderse como ‘supervivencia del más apto’. En realidad, se trata de derivar hacia una estructura de dominación ampliamente justificada por la ciencia, personificada en Charles Darwin: la dominación pasa, pues, a ser concebida como parte integrante de la naturaleza animal del ser humano.
En la moderna sociedad, la jerarquía social se realiza ‘científicamente’ con auxilio del ‘saber’. El ‘saber’ se encuentra monopolizado en ciertos institutos denominados ‘universidades’ que otorgan patente de sabios a quienes han reaccionado favorablemente a la enseñanza impartida en esos planteles. Estas personas, que emigran desde esos centros de estudio hacia la fábrica o la industria alegando ser ‘los mejores’ son aquellos que Nicos Poulantzas denomina ‘intelectuales patentados’.
3.4. El auge del autoritarismo.
La jerarquización conlleva a la dominación, a la implantación de la supremacía de unos respecto de otros; la dominación se ejerce en virtud de actos de autoridad que, repetidos constantemente, conforman la conducta autoritaria o, simplemente, el autoritarismo. El autoritarismo induce a obedecer a la autoridad por el sencillo hecho de ser tal; no es una simple imposición. Es una forma de vida, una forma cultural que se practica a lo largo y ancho de la sociedad. Consiste en que un grupo social acepta como parte de su propia vida la fatal coexistencia de jefes y subordinados, de personas que mandan y personas que obedecen, de sujetos que imponen su voluntad a otros que se someten a aquella.
El autoritarismo es una relación entre individuos, de carácter sado-masoquista, en donde el dominador realiza su crisis emocional en el sometimiento del dominado que, a su vez, soluciona la suya en la aceptación de esa dominación; Erich Fromm sostiene que es una forma de escape empleada por un sujeto cualquiera para resolver su incapacidad de realizarse plenamente como ser humano.
El autoritarismo se ejerce en todas las instituciones de la sociedad, la familia, la escuela, la iglesia, la universidad, la fábrica, la industria, el banco, el comercio, el ejército, el partido, etc. Es una perturbación psíquica porque la relación entre dominante y dominado se hace tan necesaria que el uno no puede existir sin el otro.
3.5. La extensión de la elección a todos los actos de la vida.
La defensa a ultranza de la democracia ─y, en especial, su torpe asimilación a ‘elección’─ conduce inequívocamente al uso y abuso de la ‘elección’ como parte de una forma de vida de determinado conjunto social. Así, se presenta como elección la adquisición de cualquier producto, la realización de los eventos, la selección de las personas, en fin. Las ‘elecciones’ forman parte de la vida social; todo es susceptible de elección. ‘Tú puedes elegir’, reza el slogan de las casas comerciales que ofrecen camisas, corbatas, faldas, tazas, vasos, en fin. Hasta la determinación de la pareja de una persona se manifiesta como tal. La suposición en torno a que bastaría votar en un periódico para influir en actos que ya fueron realizados o ejecutados es una creencia alentada por quienes más interesados están en evitar la participación de las masas en la solución de los grandes problemas nacionales. Haciéndolas votar por cuestiones sin importancia (color de las cortinas, tipos de instrumentos a utilizar para realizar determinadas operaciones, forma de las sillas, ubicación de los muebles, designación de los capitanes de los equipos de fútbol, en fin) e, incluso, aumentar la frecuencia de los actos electorales, se consigue banalizar la política y transformarla en un acto cívico de la menor importancia. En tales circunstancias, el campo se hace propicio para que los actores políticos sean reemplazados por actores reales, personajes de las teleseries o del mundo del espectáculo, por reinas de belleza o modelos que quieren aprovechar su rápida venta como producto en el mercado para situarse en los segmentos más altos de la pirámide social. Entonces, la trivialización de la vida social llega a su apogeo. Porque la selección de un sistema destinado a reemplazar al vigente, a fin de poner fin a esos excesos, es lo único que no se puede elegir.
Digamos, finalmente, que las transformaciones ocasionadas por el instrumento de trabajo en el ámbito económico de la sociedad también han sido determinantes en la nueva forma adoptada por las estructuras jurídico/política e ideológica; por ende, en las transformaciones del carácter social del individuo y, consecuentemente, en el carácter individual de cada uno. El traspaso del umbral hacia una nueva fase en el desarrollo del SK no se realiza sin aquellas transformaciones.
CONCLUSIÓN: EN EL UMBRAL DE UNA NUEVA ERA
Sostenemos, por consiguiente, que los fenómenos de la época actual no son sino manifestaciones de un hecho más sintomático y relevante: el SKM se encuentra en el umbral de una nueva fase en su evolución que hemos preferido denominar ‘de expansión’, precisamente, porque es una época en donde el dominio sin trabas del mismo se extiende a todas las regiones del planeta, alterando las formas jurídico/políticas y culturales de todas las naciones. No pensamos ni suponemos, en consecuencia, que la forma de acumular, llamada ‘modelo de economía social de mercado’ se haya agotado, deba ser cambiada o pueda declararse ‘fracasada’; mucho menos que el SK haya llegado o esté llegando a su término. No quisiésemos vernos expuestos a ese reproche donjuanesco al que muchos analistas un tanto superficiales se hacen acreedores:
“Los muertos que vos matasteis
Gozan de buena salud.”
La historia nos enseña que el imperio de los modos de producción que han precedido al capitalista se ha extendido por varios cientos de años, situación aún no experimentada por el actual. Es cierto que no puede sostenerse válidamente el argumento según el cual si así ha sucedido anteriormente, también de la misma manera deberá suceder en el futuro. Pero tampoco es posible mirar hacia el futuro sin haber puesto los ojos en el pasado y extraer de allí determinadas lecciones. La historia nos enseña, además, que jamás las formas de acumular han sido derogadas sin una previa aparición de otra, diferente, destinada, precisamente, a reemplazarla. No sucede con las formas de acumular algo diferente a lo que ocurre con los modos de producción según nos lo expresa Karl Marx en su introducción a la ‘Crítica de la Economía Política’; ni tampoco con los paradigmas, según lo explica Thomas Kuhn, en su obra ‘La estructura de las revoluciones científicas’.
Es posible suponer ─y de esta idea sí podemos hacernos eco─ que, más adelante, se haga necesario para las clases dominantes introducir ciertas reformas al modelo vigente; pero ellas no implicarán en modo alguno su abrogación. En ese sentido, así como han empleado los recursos del estado para socorrer a las empresas en quiebras sin temor alguno a ser motejadas de ‘socialistas’, es posible que se vean obligadas a introducir mayores controles estatales en el manejo de alguna de las variables de dicho modelo, entre otros, límites a la expansión crediticia, establecimiento de aranceles aduaneros, mayor protección a los trabajadores, en fin. Pero serán, siempre, trabas, reformas, talas, ajustes; no derogación. Y sería un error imperdonable de los sectores más avanzados de la sociedad motejar de ‘izquierdistas’ o ‘socialistas’ tales modificaciones. O persistir en la idea (conservadora, por cierto) según la cual toda ‘estatización’ sería una medida ‘socialista’. La teoría social nos enseña hasta la saciedad que el rol del estado no es sino el de organizador político de las clases dominantes y desorganizador político de las clases dominadas, que el estado tiene un inequívoco carácter de clase y no el rol neutro que le asignan ciertas organizaciones políticas acostumbradas a ignorar los avances teóricos al respecto. No puede, pues, suponerse que va a ser el estado quien ha de tomar en sus manos la defensa de los sectores dominados pues la historia enseña que su creación obedece, precisamente, al deseo de los sectores dominantes de perpetuar, a través de esa estructura, su dominación sobre los débiles. El modelo económico, pues, se mantendrá por un largo período en atención a que algunas de sus proposiciones (como el desarrollo de las áreas con ventajas comparativas, la flexibilidad laboral, la organización de grandes empresas, en fin) han sido decisivas para el desarrollo del SKM. Y es de suponer que se mantendrá apoyado por el propio estado o por los particulares ─lo mismo da─, pero no se le quitará de en medio ni se le abrogará. Es posible, además, que las grandes potencias, reacias a aceptar la rebaja de sus aranceles aduaneros y propicias a exigir de las naciones pobres a hacerlo con los suyos, revisen tal política; total, la defensa del llamado proteccionismo ha creado roces entre los Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Europea, y es hora que tales disensiones terminen. Pero el modelo, con esas limitantes, seguirá adelante.
En el aspecto económico, puede suponerse que el aspecto guarísmico del dinero deberá acentuarse y hasta es posible que el empleo del dinero electrónico se haga más frecuente. Pero como medio de pago, las monedas regionales reemplazarán a las monedas locales en tanto se desarrollen los entes regionales respectivos, estableciendo vínculos más sólidos entre los estados que los forman y haciendo inoficiosos los conflictos limítrofes entre ellos. Hasta es posible que el crédito no se limite en forma directa, sino se conceda o restrinja su uso de acuerdo a los vaivenes de las crisis.
De si Wall Street como centro financiero del SKM esté o no llegando a su término no es cuestión que merezca mayor atención. El análisis de la situación actual no permite considerar ideas sin base o prematuras. Normalmente, el tránsito de una fase a otra dentro del SKM se realiza con un cambio en la conducción económica planetaria. Pero tal cual sucede con las formas de acumular, el modo de producción y los paradigmas, nada ni nadie es reemplazado sin que, previamente, se haya manifestado el fenómeno que ha de realizar tal cometido. Es cierto que nadie puede hoy desconocer la sólida emergencia de ciertas regiones que bien podrían reemplazar a USA en el desempeño de su rol hegemónico de centro financiero mundial; pero no es menos cierto que todas aquellas no pasan de ser (y permítasenos expresar aquí una afirmación de Perogrullo), precisamente, lo que son: NPI, es decir, nuevos países industrializados. Y decir que dentro de un conjunto de naciones alguna de ellas va a reemplazar a la que actualmente detenta la hegemonía mundial, no pasa de ser una de las tantas generalizaciones que se formulan a diario.
Las clases dominantes norteamericanas no ignoran en modo alguno, lo que está sucediendo a esa nación y, por ende, lo que a ellas mismas les sucede. En el informe del instituto ‘Mc Kinsey Global Institute’, denominado ‘Mapping global capital market. Fourth anual report’, de enero de 2008, se puede leer esta clara advertencia:
“[…] el poder financiero se difunde más allá de Estados Unidos […]”
Y en el documento intitulado ‘Global Trends 2025’, emanado del ‘National Intelligence Council’ (NCI), de noviembre en curso, es posible encontrar parecidas sentencias:
“El sistema internacional, tal como fue construido tras la Segunda Guerra Mundial, será apenas reconocible en 2025”.
Pero así como dichas clases no ignoran que el poder financiero se les escapa inexorablemente de las manos hacia otras regiones (que, por eso, se convierten en nuevos centros financieros), tampoco desconocen que un declive o, si se quiere, una declinación, no es sinónimo de desplome definitivo; menos, aún, tratándose de un centro financiero hegemónico mundial. Las instituciones creadas por el ser humano raramente se derrumban de un día para otro. Queremos decir, con ello, que solamente en contadas ocasiones sufren la inminencia de una catástrofe, entendida en el sentido de bifurcación. Por el contrario: la experiencia enseña que tales instituciones se terminan luego de un descenso sostenido que puede prolongarse por muchos años. Con el agravante, que todo descenso puede ser revertido en virtud de oportunas medidas, de acuerdo a las nuevas circunstancias que se presenten. Pero, además, la historia del SK enseña que los grandes centros financieros, que mantuvieron la hegemonía durante algún tiempo, jamás decayeron al extremo de hacerse tremendamente débiles, sino a la inversa. Cuando Inglaterra, como centro hegemónico mundial, fue desplazada por los Estados Unidos, también sucedió algo similar: jamás dejó ni ha dejado de ser una potencia, situación que parece poner de manifiesto el documento del NIC cuando expresa que la influencia de USA ha descendido de manera alarmante y que su rol como primera potencia mundial puede, de no adoptarse las medidas adecuadas, dejar de ser decisivo hacia el año 2025. Por eso agrega que, de todas maneras, USA no dejará de ser ‘la potencia triunfante’ aunque, a la vez, ‘menos dominante’ pues deberá estar compitiendo constantemente ‘con otros actores’ la supremacía mundial. La historia, sin embargo, no se repite. No lo hace como tragedia; tampoco como farsa. Y solamente puede aceptarse tal afirmación cuando, para explicar ciertas funciones cuyos ejecutores realizan de modo más o menos similar, se recurre al empleo de metáforas.
Hay, no obstante, otros rasgos que impiden considerar al momento actual como la simple repetición del pasado: en este último tiempo se asiste a la organización de bloques regionales, situación que no parece ser la misma de antes; la consolidación de estas organizaciones puede alterar significativamente el mapa de distribución de las influencias. Los países, como tales, pueden quedar relegados al baúl del olvido pues la moderna tendencia es ir a la conformación de grandes estructuras sectoriales; el poder que antes ejercían sobre otras naciones solamente podrá recuperarse en la medida que se hagan parte integrante de esos nuevos entes.
Dentro de una forma de acumular cuyo motor es la exacerbación de la competencia, puede, con todo, ocasionar zozobra un hecho al que parece no asignársele la debida importancia: el notable incremento que aquella ha experimentado, el carácter de forma de vida que adopta en la era actual, puede adquirir en el plano internacional alcances insospechados. Porque la competencia entre naciones es fuente fecunda de controversias. Cuando éstas no son resueltas de modo pacífico o no existe un superpoder que tranquilice los ánimos de las partes en pugna, la competencia se practica en su grado extremo que es la violencia, es decir, la guerra. Ello es tanto más notorio cuando se trata de rememorar lo que ha sucedido en otras oportunidades en que el SKM ha traspasado el umbral hacia una nueva era: las guerras han sido inevitables. Philip S. Golub, que no utiliza el método de distinguir fases en la evolución del sistema capitalista, estima que la historia presenta casos de ‘mutaciones estructurales’ en determinados períodos; por eso, convencido que la crisis actual anuncia la presencia de una de aquellas, expresa:
“Las mutaciones estructurales son muy poco frecuentes en la historia. No es seguro que la mutación en curso se lleve a cabo sin golpes, dada la amplitud y la multiplicidad de desafíos internos y externos suscitados por el desarrollo y la modernización extraordinariamente rápidos de las regiones más pobladas del mundo”.
“[…] fueron necesarias las guerras napoleónicas para abrir el camino de la Pax Britannica; se necesitaron dos guerras mundiales para que Estados Unidos se convirtiera, a su vez, en el nuevo centro de la economía mundial”.
En un sentido similar se pronuncia Carlos Rivas, investigador del Instituto IGE de Buenos Aires:
“La salida capitalista a la crisis de 1929, fascismo mediante, fue la Segunda Guerra Mundial, su casi centenar de millones de muertos y heridos, Auschwitz, Hiroshima y Nagasaki”.
De si sucederá lo mismo que antaño es cuestión aún por resolver: nadie puede decir que tiene la razón, se ha hecho dueño de ‘la’ verdad o ha logrado clavar la rueda de la fortuna, a pesar que algunos autores hayan empezado ya a orientar sus análisis en ese sentido.
Terminemos haciendo una breve referencia lo que podría suceder en esta fase, erróneamente calificada como ‘crisis financiera’, a los países pobres, formaciones sociales que se encuentran en algunas regiones de Asia, de África y América Latina.
En realidad, no existe un método preciso para predecir lo que les pueda suceder; apenas si nos ayudan en esa labor las investigaciones estadísticas de Nicolai Kondratiev, para quien los ciclos largos son de, aproximadamente, 50 años.
De acuerdo a las tesis del investigador soviético, los ciclos largos se componen de dos fases. La primera de éstas corresponde a una de auge, que llama ‘A’; la segunda, Fase ‘B’, es de recesión. Kondratiev logró establecer que, en general, cuando las naciones poderosas atraviesan una Fase ‘A’, la mayoría de las pobres lo hace en Fase ‘B’; por el contrario, cuando las pobres experimentan una Fase ‘A’, las ricas lo hacen en una ‘B’. Las razones para que ello suceda parecieran radicar en la necesidad de sobrevivir que tienen las naciones pobres, dependientes de las ricas, cuando a estas últimas las afecta una crisis: esa necesidad las obliga a dinamizar la producción, a levantar fábricas, industrias, cultivos, a producir, a imaginar toda suerte de actividades para poder superar su miseria. En tal circunstancia, de acuerdo al modelo teórico de Kondratiev, las naciones pobres no necesariamente deberían verse afectadas por las crisis de las ricas. Sin embargo, es aquí donde el concepto mismo de ‘nación’ o ´país’ se nos torna insuficiente. Porque es un hecho conocido que el arma usada por los poderosos cuando se extreman sus condiciones de vida es trasladar los efectos de esas crisis a los débiles. A pesar que éstos viven permanentemente en crisis. Una crisis más, una crisis menos, en poco o nada les afecta. La crisis es su forma de vida.
Las naciones, empero, no son estructuras homogéneas ni parejas: son ‘formaciones sociales’, grupos humanos unidos en torno a una forma de producir que, a pesar de constituir su forma de vida, los escinde en estructuras de clase cuyos intereses, siempre contrapuestos, se encuentran constantemente en pugna. Esa contradicción no se resuelve sino en el empleo exhaustivo del poder, en este caso, la capacidad que una clase tiene para imponer su voluntad sobre otra. Y puesto que en el SK son las clases dominantes quienes pueden imponer su voluntad sobre el conjunto social, el poder se ejerce en la acción de extremar las condiciones de vida de los sectores dominados hasta el nivel máximo que éstos puedan soportar sin realizar revueltas que amenacen la supervivencia del sistema. Esta mecánica se reproduce en la generalidad de las naciones. Por eso, así como a nivel global, ciertos países viven permanentemente en crisis, también a nivel local, dentro de ellos, existen grupos sociales que transcurren sus respectivas existencias en difíciles condiciones. Entonces, la mecánica de la transferencia se realiza de modo siniestro: las clases dominantes de cada nación trasladan sus crisis a las dominadas hasta límites tolerables, y esa formación social, en conjunto, traslada su crisis a otra más débil para que allí se repita el mismo fenómeno, es decir, que sus clases dominantes hagan lo mismo con las dominadas. Las inyecciones dinerarias a la industria y la banca, las inyecciones al comercio y el aumento drástico de la cesantía constituyen las formas más frecuentes a través de las cuales los efectos de las crisis que afectan a los poderosos derivan hacia otros grupos humanos. Los dineros del estado van hacia los poderosos porque el estado vela por la vigencia del sistema, en tanto la cesantía se dirige hacia los trabajadores.
Toda cesantía es selectiva; es un fenómeno de clase: no afecta a todos por igual. En el sistema capitalista, se mantienen en sus cargos los que han dirigido las empresas y han hecho malos negocios; los trabajadores, en otras palabras, quienes jamás han participado en la realización de dichos actos, deben ser exonerados pues no son otra cosa que ‘capital variable’, es decir, recursos a los cuales se echa mano cuando los negocios se presentan prósperos, y se les arroja a la miseria cuando sucede lo contrario. La historia es pródiga en ejemplos. Y no cabe duda que así va a suceder en los meses venideros; si es que no está ya sucediendo. Es en estos aspectos donde la clase de los productores directos y sus organizaciones deben estar alerta.
Santiago, diciembre de 2008
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